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Castillo de Peleș
Audioguía completa del Castillo de Peleș: planta baja y primer piso del recorrido actual, más una sección dedicada al castillo de Pelișor, que se visita con entrada separada.
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Castillo de Peleș — recorrido
La entrada actual incluye planta baja y primer piso
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Bienvenido al Castillo de Peleș, considerado por muchos el palacio más hermoso de Europa del Este. Esta audioguía le acompañará sala por sala; el recorrido sigue un sentido único y las salas están señalizadas, así que si el orden varía, busque simplemente la pista con el nombre de la sala. Peleș nació del sueño de un hombre: el rey Carol Primero, el príncipe alemán que en 1866 aceptó la corona de Rumanía y la llevó durante cuarenta y ocho años, el reinado más largo de la historia del país. Enamorado de este valle de los Cárpatos, compró los terrenos y en 1873 comenzó una obra colosal que duraría, en sus distintas fases, hasta 1914. Trabajaron aquí cientos de artesanos de toda Europa: canteros italianos, carpinteros alemanes, decoradores austriacos, junto a obreros rumanos. El resultado es este palacio de estilo neorrenacentista alemán con más de ciento sesenta habitaciones, que fue además el más moderno de su tiempo: el primer castillo de Europa iluminado completamente con electricidad propia, con calefacción central, ascensor y hasta un techo de cristal que se abre. Carol murió aquí, en su palacio, en 1914. Entre en su sueño.
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Antes de cruzar la puerta, regálese unos minutos en las terrazas. El castillo se despliega sobre siete niveles de jardines a la italiana, decorados con estatuas de mármol de Carrara, fuentes, jarrones y balaustradas de piedra. Muchas de las esculturas son obra del artista italiano Raffaello Romanelli. Levante la vista hacia la fachada: el entramado de madera oscura, las torres esbeltas y los miles de detalles tallados componen la imagen de un castillo alemán de cuento plantado en plena montaña rumana. No es casualidad: Carol Primero, nacido príncipe de Hohenzollern, quiso traer a los Cárpatos la arquitectura de su infancia renana. Fíjese en el patio de honor, con sus fachadas cubiertas de pinturas murales y su fuente central: en verano, este rincón parece más italiano que alemán, y es uno de los lugares más fotografiados de Rumanía. Detrás del castillo se alza el bosque de abetos del macizo de Bucegi, el telón de fondo perfecto. Cuando esté listo, diríjase a la entrada del museo: el interior supera todo lo que promete la fachada.
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Prepárese: está entrando en una de las salas más impresionantes de Europa. El Vestíbulo de Honor se eleva tres pisos en madera de nogal tallada con una riqueza que quita el aliento: columnas, balcones, escaleras y relieves envuelven al visitante por completo. Observe los bajorrelieves de alabastro y las estatuas, y deje que la mirada suba, piso a piso, hasta el techo. Allí le espera la joya técnica del palacio: una vidriera de cristal que se desliza y se abre por completo mediante un mecanismo eléctrico, para ventilar la sala e inundarla de cielo en los días de verano. A finales del siglo diecinueve, esto era pura ciencia ficción. Este vestíbulo era la carta de presentación del reino: aquí se recibía a embajadores, príncipes y jefes de Estado, y cada centímetro está pensado para impresionar. Lo consiguió entonces y lo sigue consiguiendo hoy. Fíjese también en los tapices y en la luz que filtra la linterna de cristal: los fotógrafos del museo saben que esta sala nunca sale dos veces igual. Tómese su tiempo antes de continuar: pocas veces volverá a estar rodeado de tanta madera noble trabajada con tanta perfección.
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Entra usted en el refugio intelectual de Carol Primero. La Biblioteca Real guarda miles de volúmenes en estanterías de nogal tallado que trepan hasta el techo: literatura, historia, ciencia militar, filosofía, en alemán, francés, rumano y otras lenguas. Carol era un lector disciplinado y metódico; se levantaba al alba y dedicaba horas al estudio, convencido de que un rey debía ser el hombre más informado de su reino. Pero esta sala esconde además un secreto delicioso: una de las estanterías es en realidad una puerta camuflada. Tras los lomos de los libros se oculta un pasadizo que permitía al rey retirarse discretamente hacia sus apartamentos privados sin cruzar los salones llenos de invitados. Imagíneselo: la conversación se alarga, el rey se excusa un momento, y desaparece literalmente entre los libros. Busque con la mirada, sin tocar, e intente adivinar cuál de las estanterías miente. Los guías del museo a veces lo revelan; nosotros preferimos dejarle la duda, que es más divertida. En esta sala, el saber y el misterio comparten estantería.
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Está entrando en una de las colecciones de armas más importantes de Europa: más de cuatro mil piezas reunidas con pasión por el rey Carol Primero, que antes que rey fue oficial prusiano. Las dos salas de armas recorren cinco siglos de historia militar, desde el siglo quince al diecinueve. Verá espadas y estoques, alabardas, ballestas, arcabuces, pistolas de duelo con incrustaciones de nácar, armaduras completas europeas y un arsenal oriental fascinante: cimitarras otomanas, puñales persas, cotas de malla y escudos damasquinados. La pieza más célebre le espera en el centro: una armadura ecuestre completa, para caballo y jinete, del siglo dieciséis, de tipo maximiliano, única en Rumanía. Contémplela de cerca: cada placa articulada, cada remache, es obra de armeros que eran a la vez ingenieros y artistas. Piense que muchas de estas armas no eran para la guerra, sino para el prestigio: regalos diplomáticos, piezas de parada, símbolos de poder. En estas salas, el acero cuenta la historia de Europa mejor que muchos libros.
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Estas salas fueron el centro político de Rumanía durante casi medio siglo. En el despacho de trabajo, entre madera tallada y cuero, el rey Carol Primero despachaba cada mañana con ministros y generales, leía la prensa europea y firmaba los documentos que modernizaron el país: ferrocarriles, universidades, el puerto de Constanza, la independencia misma de Rumanía, conquistada en la guerra de 1877. Observe el orden casi militar del escritorio: retrata al hombre, puntual hasta la leyenda, del que se decía que se podía poner en hora el reloj cuando salía a pasear. La Sala de Consejo, con sus paneles de madera y sus asientos solemnes, se inspira en las salas de los ayuntamientos históricos de Suiza, y en ella el rey reunía a sus consejeros en los momentos graves. Entre estas paredes se discutieron guerras, alianzas y reformas; aquí, en 1914, un Carol ya anciano vivió el dilema más amargo de su vida: la Primera Guerra Mundial enfrentaba a su patria alemana de origen con los intereses de su patria rumana de adopción. Murió pocas semanas después, en este mismo palacio.
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Esta sala pertenece al alma artística del palacio: la reina Isabel de Rumanía, esposa de Carol Primero, conocida en toda Europa por su nombre de pluma, Carmen Sylva. Isabel fue poetisa, escritora, pintora y música; publicó decenas de libros, tradujo poesía rumana al alemán y convirtió Peleș en un salón cultural de primer orden, por el que pasaron músicos como el joven George Enescu, la gran esperanza de la música rumana. En esta sala organizaba veladas literarias y conciertos íntimos. Fíjese en el mobiliario de madera tallada: es un regalo exótico del maharajá de Kapurthala, en la India, y llena la sala de un aire oriental único. Observe también el arpa, instrumento predilecto de la reina, y los detalles pintados y bordados, muchos diseñados por ella misma. Isabel decía que un palacio sin arte es solo un edificio caro. Mientras recorre la sala, imagine las tardes de invierno con la montaña nevada tras los cristales: dentro, versos en tres idiomas, un arpa y una reina que prefería mil veces un poema a un desfile militar.
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Cruza usted ahora la puerta de Italia. La Sala Florentina, el gran salón de recepciones del palacio, es un homenaje al Renacimiento italiano: mármol, bronce dorado y luz. Fíjese primero en las dos puertas monumentales de bronce, fundidas en Roma, que parecen salidas de un baptisterio florentino. Levante después la vista hacia el techo tallado y dorado, del que cuelgan grandes lámparas de cristal de Murano, sopladas en la laguna de Venecia. La chimenea de mármol de Carrara, con sus esculturas, preside la sala como un altar laico. Aquí se celebraban los grandes bailes y banquetes de gala: diplomáticos con uniformes cargados de condecoraciones, damas con vestidos de París, valses hasta la madrugada. Las paredes han escuchado conversaciones en todos los idiomas de Europa. Piense en el contraste que define a Peleș: fuera, un castillo alemán; en esta sala, el esplendor de Florencia; unas puertas más allá, como pronto descubrirá, Oriente. Carol Primero y sus arquitectos quisieron reunir aquí lo mejor de cada civilización europea, y en esta sala Italia ganó la partida.
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De Florencia a la Alhambra en un solo paso: bienvenido al Salón Morisco, una de las salas más sorprendentes del palacio. Sus arcos de herradura, las columnas esbeltas, los estucos policromados y la decoración geométrica recrean con fidelidad asombrosa el arte hispanoárabe de Andalucía. Como visitante de habla hispana, quizá sienta aquí algo parecido a estar en casa: los arquitectos de Carol Primero estudiaron los palacios de Granada y Sevilla para diseñar este rincón de Oriente en plenos Cárpatos. La pieza central es una fuente de mármol de Carrara, cuyo murmullo de agua acompañaba las conversaciones, como en los patios andalusíes. Completa el cuadro la colección de armas orientales que decora las paredes: sables damasquinados, escudos, puñales con empuñaduras de plata y piedras. En el siglo diecinueve, el gusto por lo oriental hacía furor en las cortes europeas, y ningún gran palacio estaba completo sin su salón árabe o turco. El de Peleș está considerado uno de los más logrados de Europa. Siéntese mentalmente junto a la fuente y escuche el agua: es el mismo sonido que arrullaba a los reyes hace más de un siglo.
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Continuamos el viaje oriental en el Salón Turco, un pequeño cofre de intimidad que servía como sala de fumar. Aquí, tras las cenas de gala, los caballeros se retiraban a conversar entre volutas de humo, café y licores. Todo en la sala invita al reposo: los divanes bajos cubiertos de sedas y kilims turcos, las paredes revestidas de bordados de seda de Estambul, las mesitas con incrustaciones de nácar, los narguiles y los objetos de cobre labrado que brillan a media luz. Levante la vista hacia el techo de madera de cedro tallada: un trabajo de paciencia infinita que tardó más de un año en completarse. En el imaginario del siglo diecinueve, el rincón turco era el espacio de la confidencia: lejos del protocolo, con un cigarro en la mano, ministros y príncipes hablaban aquí de lo que no podía decirse en los salones. Las paredes de esta salita guardan más secretos de Estado que muchos archivos. Respire el ambiente: entre Viena y Estambul, entre el vals y el café turco, Rumanía construyó su identidad exactamente en este cruce de mundos que el salón resume a la perfección.
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Pocas salas de museo esconden una sorpresa como esta. Se encuentra en el pequeño teatro del palacio: sesenta butacas de terciopelo rojo, un escenario íntimo con arco dorado y palco real. Aquí la familia y sus invitados disfrutaban de obras de teatro, conciertos y, a partir de 1906, de las primeras proyecciones de cine de Rumanía: Peleș tuvo cine antes que la mayoría de las capitales del mundo. Pero levante ahora la vista hacia las pinturas que decoran la sala, porque tienen firma ilustre: fueron realizadas en los años ochenta del siglo diecinueve por el taller vienés de un jovencísimo Gustav Klimt, junto a su socio Franz Matsch. Sí, ese Klimt: el futuro genio del dorado y del beso más famoso de la pintura, que antes de revolucionar el arte se ganaba la vida decorando teatros para las cortes de Europa. Contemplar frescos de Klimt en un castillo de los Cárpatos es uno de esos regalos inesperados que solo Peleș ofrece. Siéntese un instante, si el recorrido lo permite, y imagine la sala a oscuras, el proyector crepitando y la corte descubriendo, asombrada, las primeras imágenes en movimiento de su vida.
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La mesa era un asunto de Estado, y este comedor lo demuestra. Alrededor de la gran mesa se sentaban cada noche la familia real y sus invitados: diplomáticos, escritores, oficiales, científicos. La etiqueta era estricta, los menús, redactados en francés, y la vajilla, digna de un museo: porcelanas, cristalerías y cuberterías de plata encargadas a las mejores casas de Europa. Observe los muebles de madera tallada y los asientos tapizados en cuero de Córdoba repujado, ese cuero español trabajado y dorado que era el colmo del lujo. Fíjese en el aparador monumental y en los detalles del techo artesonado. La reina Isabel, siempre artista, cuidaba personalmente la decoración de la mesa, y las crónicas cuentan que las cenas se alargaban entre conversaciones en cuatro idiomas. Aquí se agasajó a huéspedes ilustres de toda Europa, incluido el emperador Francisco José de Austria durante su visita de 1896. Piense, mientras recorre la sala, en la cantidad de historia que se decidió no en los despachos, sino entre el primer plato y los postres.
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Mientras sube hacia el primer piso, esta pista le acompaña con la historia que hace único a Peleș: su modernidad oculta. Detrás de la madera tallada y los tapices, este castillo del siglo diecinueve esconde tecnología que asombraría incluso hoy. Fue el primer castillo de Europa completamente iluminado con electricidad, producida por su propia central hidroeléctrica desde 1884, cuando en París y Viena las velas seguían mandando. Tuvo calefacción central desde el principio, un ascensor para la familia real, sistema centralizado de limpieza por aspiración y hasta ese techo móvil de cristal que admiró en el Vestíbulo de Honor. Fíjese durante la subida en las vidrieras emplomadas: escenas de leyendas y paisajes que tiñen la luz de colores, muchas creadas en talleres suizos y alemanes. Carol Primero quiso demostrar al mundo que Rumanía, un reino joven, podía estar a la vanguardia de Europa. Peleș fue su manifiesto: por fuera, un cuento medieval; por dentro, una máquina perfecta del futuro. Con esa idea en mente, entre en las salas del primer piso.
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El primer piso guardaba los espacios privados y las habitaciones de los huéspedes de honor, y su joya es el Apartamento Imperial. Fue preparado con un objetivo muy concreto: alojar al emperador Francisco José de Austria, que visitó Peleș en 1896. Para el anciano emperador se decoró una suite entera en estilo barroco austriaco, con maderas doradas, tapicerías suntuosas y todas las comodidades modernas del palacio, de la luz eléctrica al baño privado. Recorra también las demás estancias de la planta: salones de huéspedes, gabinetes y habitaciones decoradas cada una con su propia personalidad, según la moda de los grandes palacios: una sala amarilla, gabinetes íntimos, espacios para el desayuno con vistas a la montaña. Fíjese en cómo cambia la atmósfera respecto a los grandes salones de gala de abajo: aquí los techos son más bajos, las telas más suaves, la escala más humana. Era el territorio de la vida cotidiana: cartas escritas al amanecer, desayunos lentos, conversaciones junto a la ventana. Los palacios se juzgan por sus salones, pero se aman por estas habitaciones.
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Terminamos el recorrido del primer piso en el reino musical de la reina Isabel: la Sala de Conciertos. Aquí, alrededor del piano y del órgano, Carmen Sylva reunía a músicos, poetas y amigos; aquí sonaron las primeras notas de artistas que luego conquistarían Europa, con el gran George Enescu a la cabeza, que tocó para la reina siendo apenas un niño prodigio. Deje que esta sala resuma todo lo que ha visto: Peleș no fue solo una residencia, sino un proyecto de país. Carol Primero, el rey soldado, construyó aquí el símbolo de una Rumanía moderna y europea; Isabel, la reina artista, le dio alma. Tras ellos, el palacio vivió la historia entera del siglo veinte: fue testigo de dos guerras mundiales, se convirtió en museo en 1953, fue cerrado por la dictadura de Ceaușescu y devuelto a la familia real tras la democracia, que hoy lo mantiene abierto como museo para todos. Si dispone de entrada para el castillo de Pelișor, a pocos minutos a pie, le esperan las últimas pistas de esta guía: la casa Art Nouveau de Fernando y María es otro mundo, y merece la visita. Gracias por recorrer Peleș con nosotros.
Castillo de Pelișor
Entrada separada · a pocos minutos a pie de Peleș
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A unos doscientos metros del gran palacio le espera un castillo completamente distinto: Pelișor, «el pequeño Peleș». Fue construido entre 1899 y 1902 por el arquitecto checo Karel Líman como residencia para los herederos del trono: el príncipe Fernando y la princesa María, la pareja que más tarde reinaría sobre la Rumanía de la Gran Unión. Carol Primero se lo regaló con una intención clara: mantener cerca a los herederos, pero darles un hogar propio. Y María, que tenía un gusto artístico arrollador y muy personal, lo convirtió en su manifiesto: nada de pompa historicista como en Peleș; aquí triunfa el Art Nouveau, el arte nuevo que recorría Europa con sus líneas curvas, sus flores estilizadas y su luz. María mezcló ese lenguaje moderno con motivos celtas de su Inglaterra natal y símbolos bizantinos de su patria adoptiva, creando un estilo que los expertos llaman sencillamente «estilo María». Pelișor es más pequeño, más íntimo y más personal que su vecino: no es el palacio de un rey, sino el retrato de una reina. Entre y compruébelo.
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Recorra las salas de Pelișor con calma y note cómo cambia el aire respecto al gran palacio. La escalera y el vestíbulo, revestidos de madera clara, le reciben con líneas suaves y ornamentos vegetales: es la gramática del Art Nouveau, donde cada mueble parece crecido más que fabricado. Fíjese en los muebles diseñados especialmente para el castillo, muchos según ideas de la propia María: sillas y mesas con curvas de tallo, lámparas como flores, herrajes de bronce que imitan raíces. Busque el motivo que se repite por todas partes: el cardo, la flor emblema de María, recuerdo de su infancia entre Inglaterra y Escocia, junto a cruces bizantinas y símbolos que ella misma dibujaba. En las habitaciones verá también cerámica de Zsolnay, vidrios de colores y textiles delicados. Aquí crecieron los hijos de Fernando y María, incluido el futuro rey Carol Segundo y la princesa Ileana, la señora de Bran. Pelișor era una casa de familia de verdad: más risas que protocolo, más acuarelas que consejos de ministros. Esa calidez todavía se siente en cada sala.
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Llega usted a la sala más extraordinaria de Pelișor y a una de las más singulares de Europa: la Cámara Dorada. Alce la vista: las paredes y el techo están cubiertos por completo de hojas de cardo doradas, modeladas en estuco, que envuelven la habitación en un resplandor cálido, entre bizantino y vegetal, como el interior de un relicario. María diseñó personalmente este espacio como su dormitorio y refugio espiritual. La reina, profundamente religiosa a su manera mística y muy poco convencional, quiso una habitación que fuera a la vez jardín y capilla: el cardo de su infancia escocesa convertido en oro, la luz de los iconos convertida en arquitectura. En esta misma sala, el 18 de julio de 1938, la reina María cerró los ojos para siempre, rodeada de los suyos. Y hay algo más, que convierte la visita en peregrinación: desde 2015, el cofre de plata con el corazón de la reina, aquel corazón viajero que pasó por Balchik y por Bran, se exhibe precisamente aquí, en Pelișor. La reina más querida de Rumanía descansa, de la manera más literal posible, en la habitación que ella misma soñó en oro.
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Antes de despedirse de Pelișor, deténgase en los espacios de trabajo y recogimiento de María. En su estudio, entre muebles Art Nouveau y ventanales al bosque, la reina escribía sus diarios, sus cuentos y sus miles de cartas; María fue una escritora prolífica y sus memorias, «La historia de mi vida», se leyeron en toda Europa. Aquí pintaba acuarelas, diseñaba muebles y vestidos, y recibía a sus íntimos lejos del protocolo. Observe el pequeño oratorio y los rincones de inspiración bizantina, con sus cruces y su luz dorada: la fe de María era personal y artística, hecha de belleza más que de dogma. Fíjese también en las fotografías y objetos familiares: retratos de sus seis hijos, recuerdos de sus viajes, pequeños tesoros de una vida novelesca que la llevó de la corte de la reina Victoria, su abuela, a las trincheras de la Primera Guerra Mundial como enfermera, y de allí a los altares populares de Rumanía, que aún hoy la venera. En estas habitaciones pequeñas cabe una vida inmensa.
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Nuestro recorrido por los castillos de Sinaia termina aquí. Ha visitado dos mundos en una sola mañana: Peleș, el manifiesto grandioso de un rey constructor, y Pelișor, el poema íntimo de una reina artista. Juntos cuentan la historia de la Rumanía moderna: un país joven que quiso mirar a Europa de igual a igual, y lo hizo también a través de la arquitectura y del arte. Si le queda tiempo en Sinaia, el valle ofrece más tesoros: el monasterio de Sinaia, fundado en 1695, que dio nombre a la ciudad y donde está enterrado Take Ionescu; los senderos del macizo de Bucegi, a los que se sube en teleférico; y el encanto de la Belle Époque de esta pequeña ciudad balneario que llaman «la perla de los Cárpatos». Esta audioguía fue creada por Transylvania Private Tours, especialistas en tours privados por Transilvania y los Cárpatos. Si desea visitar con nosotros el Castillo de Bran, el de Cantacuzino, las iglesias fortificadas o cualquier rincón de esta tierra extraordinaria, será un placer acompañarle en persona. Gracias por su visita, y hasta pronto en Rumanía.